dissabte, 21 de maig del 2016

PLAÇA CATALUNYA 

Joaquín Balboa, bajaba por las Ramblas desde la plaza Catalunya después de aparcar su coche Bond en el parquin subterráneo. Era un viernes a las seis de la tarde i estaba abarrotada. Comerciales cargando su maletín de piel caminaban en busca de la última comisión antes del fin de semana, viejos con las manos cruzadas por detrás de la espalda paseando sin prisa, guiris, muchos guiris, que fotografiaban a las estatuas vivientes disfrazadas de jugadores del Barça o de monstruos de películas o de Quijotes dorados decadentes o de ninjas metálicos.     

SIDECAR 

El Sidecar también está en la Plaza Real, pero justo en el otro extremo del Jamboree. Tiene dos espacios, tres en verano, cuando montan una terraza en el exterior para que los guiris se pongan ebrios de sangría. El piso a nivel de la plaza es un bar, el sótano como en La Boîte, el Communiqué, el Màgic… una discoteca-sala de conciertos con capacidad para unas doscientas personas y con un escenario bastante reducido, habitualmente habitado por bandas de garaje y punk de medio mundo. Eutanasio, como tantos otros, creía que era una de las salas underground más interesantes de la ciudad.   

PLAZA REAL

Había conocido la plaza cuando aún era un bazar de sustancias ilegales y de sexo concentrado. Un fortín de crápulas nocturnos, de delincuentes a pequeña escala, de dealers de tres al cuarto. Ahora en cambio se había transformado en un parque temático para guiris especialmente yanquis, italianos e ingleses a los que Woody Allen, el Futbol Club Barcelona o Ryanair habían animado a visitar la ciudad condal, qué rabia le daba ese epíteto.

JAMBOREE

Entre semana le gustaba escaparse al Jamboree, a escondidas. Mentía a sus compañeros y amigos, que jamás entenderían cómo alguien soportaba por voluntad propia más de cinco minutos de bebop Bajaba del metro en Liceo i como un hombre casado que va a ponerle los cuernos a su mujer con otra más joven por primer vez, se acercaba con sigilo a la sala, vigilando por si veía a alguien de su entorno diario que pudiera descubrirle. Pasaba por delante del club de jazz dos o tres veces con disimulo. Cerca de la puerta se hacía el remolón para no hacer cola, y cuando la taquilla quedaba libre entraba con la misma celeridad con la que  lo hubiera hecho en un burdel.

JAZZ-SÍ CLUB

Joaquín se pasó el domingo durmiendo hasta las cuatro, se duchó, desayunó-comió y se fue andando hasta la jam sesión del Jazz-si Club. Se animó a subir a cantar, bastante mal por cierto, una versión de James Brown, que de todos modos fue aplaudida por la puesta en escena 

CARRER ESCUDALLERS

Por la calle Escudallers llegaron a las Ramblas en silencio. Tal vez Ramón se había equivocado, o tal vez era lo normal. Sólo lo había visto en las películas. Recordó aquella máxima: la realidad supera la ficción. Prefirió guardar silencio hasta que el profesional movería ficha, al fin y al cabo él era el neófito. Bajaban hacía el mar guiado por el olfato. 

RAMBLAS

Jugando con una pelota reglamentaria, un magrebí de unos treinta años que vestía una réplica de la camiseta albiceleste de Messi enfilaba las Ramblas en dirección opuesta. Iba solo, pero aplaudía y sonreía cada una de las dificilísimas acrobacias futbolísticas que realizaba…
… Recordó el episodio del Jamboree y del marroquí futbolista que casi seguro le robó la cartera. Al agente no sabía qué le iba a decir. Había tardado unos días en decidirse a ir a comisaría para denunciar, estaba asustado. Paseaba con un asesino a sueldo cuando le robaron la cartera. ¿Qué mentiras le iba a decir al policía? Pues iba solo por la Rambla, iba a decir eso casi seguro, no, se lo iba a perjurar por su madre si hacía falta.   


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