PLAÇA CATALUNYA
Joaquín Balboa, bajaba por las Ramblas desde la plaza Catalunya
después de aparcar su coche Bond en el parquin subterráneo. Era un viernes a
las seis de la tarde i estaba abarrotada. Comerciales cargando su maletín de
piel caminaban en busca de la última comisión antes del fin de semana, viejos
con las manos cruzadas por detrás de la espalda paseando sin prisa, guiris,
muchos guiris, que fotografiaban a las estatuas vivientes disfrazadas de
jugadores del Barça o de monstruos de películas o de Quijotes dorados
decadentes o de ninjas metálicos.
SIDECAR
El Sidecar también está en la Plaza Real, pero justo en el otro
extremo del Jamboree. Tiene dos espacios, tres en verano, cuando montan una
terraza en el exterior para que los guiris se pongan ebrios de sangría. El piso
a nivel de la plaza es un bar, el sótano como en La Boîte, el Communiqué, el
Màgic… una discoteca-sala de conciertos con capacidad para unas doscientas
personas y con un escenario bastante reducido, habitualmente habitado por
bandas de garaje y punk de medio mundo. Eutanasio, como tantos otros, creía que
era una de las salas underground más
interesantes de la ciudad.
PLAZA REAL
Había conocido la plaza cuando aún era un bazar de sustancias
ilegales y de sexo concentrado. Un fortín de crápulas nocturnos, de
delincuentes a pequeña escala, de dealers
de tres al cuarto. Ahora en cambio se había transformado en un parque
temático para guiris especialmente yanquis, italianos e ingleses a los que Woody
Allen, el Futbol Club Barcelona o Ryanair habían animado a visitar la ciudad
condal, qué rabia le daba ese epíteto.
JAMBOREE
Entre semana le gustaba escaparse al
Jamboree, a escondidas. Mentía a sus compañeros y amigos, que jamás entenderían
cómo alguien soportaba por voluntad propia más de cinco minutos de bebop Bajaba
del metro en Liceo i como un hombre casado que va a ponerle los cuernos a su
mujer con otra más joven por primer vez, se acercaba con sigilo a la sala,
vigilando por si veía a alguien de su entorno diario que pudiera descubrirle.
Pasaba por delante del club de jazz dos o tres veces con disimulo. Cerca de la
puerta se hacía el remolón para no hacer cola, y cuando la taquilla quedaba
libre entraba con la misma celeridad con la que lo hubiera hecho en un
burdel.
JAZZ-SÍ CLUB
Joaquín
se pasó el domingo durmiendo hasta las cuatro, se duchó, desayunó-comió y se
fue andando hasta la jam sesión del Jazz-si Club. Se animó a subir a cantar,
bastante mal por cierto, una versión de James Brown, que de todos modos fue
aplaudida por la puesta en escena
CARRER ESCUDALLERS
Por la calle Escudallers llegaron
a las Ramblas en silencio. Tal vez Ramón se había equivocado, o tal vez era lo
normal. Sólo lo había visto en las películas. Recordó aquella máxima: la
realidad supera la ficción. Prefirió guardar silencio hasta que el profesional
movería ficha, al fin y al cabo él era el neófito. Bajaban hacía el mar guiado
por el olfato.
RAMBLAS
Jugando con una pelota
reglamentaria, un magrebí de unos treinta años que vestía una réplica de la
camiseta albiceleste de Messi enfilaba las Ramblas en dirección opuesta. Iba
solo, pero aplaudía y sonreía cada una de las dificilísimas acrobacias
futbolísticas que realizaba…
… Recordó el episodio del
Jamboree y del marroquí futbolista que casi seguro le robó la cartera. Al
agente no sabía qué le iba a decir. Había tardado unos días en decidirse a ir a
comisaría para denunciar, estaba asustado. Paseaba con un asesino a sueldo
cuando le robaron la cartera. ¿Qué mentiras le iba a decir al policía? Pues iba
solo por la Rambla, iba a decir eso casi seguro, no, se lo iba a perjurar por
su madre si hacía falta.
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